
Dos amantes yacen uno al lado del otro, tras amarse, su soledad es una “soledad saboreada”. La satisfacción los devuelve a sí mismos, desenlazando sus brazos y poniendo fin al ardor que los empujó el uno hacia el otro.
Es posible que esta soledad compartida no sea real, ni mucho menos absoluta, sobre todo si la comparamos con aquellas soledades que se viven sin compañía alguna.
La soledad no existe para aquel que puede recordar los momentos en que no estuvo solo y sabe que esos momentos volverán. La otra persona puede estar ausente, pero en cierta medida continua a nuestro lado.
La soledad es, en realidad, una manera incompleta y única de estar en el mundo. Por eso la soledad implica siempre la existencia de otra persona, ya que para sentirse solo, es preciso desear ser dos, al menos, o haberlo sido y conservar la nostalgia de ello.